viernes, 8 de marzo de 2013

La lactancia de P (parte I)

Cuando estaba embarazada de P me informé mucho. Hice dos cursos de preparación al parto, uno en la Seguridad Social y otro en un centro que se llama "Escuela de Madres". Leí montones de libros y todas las páginas web que caían en mis manos. Sobre lactancia, la verdad es que sabía poco. Mi hermana tuvo muchos problemas y consiguió mantenerla sólo durante cuatro meses, después de pasar por dos mastitis que la llevaron al hospital de urgencias. Cuando me dijo que lo dejaba, que se sentía mal por ello, recuerdo que le dije que si le había dado los tres primeros meses ya había hecho lo más importante...qué poco sabía entonces de lactancia!.

En el curso de la Seguridad Social sólo nos enseñaron, con un muñeco, que el ombligo del bebé debía estar mirando hacia nosotros. Nos explicaron que la leche materna era lo mejor para el recién nacido y poco más. En el privado más de lo mismo, sólo que además nos enseñaron unas pezoneras de cera que servían para prevenir y curar las grietas. Luego he sabido que no sirven para mucho.

Bien, después del parto (que da para otra entrada) tardé tres horas en ver a mi niña. Me subieron a la habitación y allí la tenía su padre. Un paquetito perfectamente envuelto, sólo se le veía la carita y las manos. Era tan pequeñita! No me atrevía ni a cogerla, de hecho creo que tardé bastante rato en tenerla en brazos. Aún estaba temblando por la epidural, estaba chocada por cómo había ido todo y como nos habían dicho que no podía perder calor, no queríamos destaparla. Llevaba un gorrito hecho con una gasa de hospital con un nudo en la punta. Las manos se veían muy grandes y delgadas, los ojos hinchados y untados de crema y estaba dormida. Era emocionante ver cómo respiraba, como arrugaba el ceño, como estornudaba. Cada gesto que hacía nos parecía más increíble, era perfecta!. Pasamos toda la noche simplemente mirándola.

Llegué a la habitación sobre la una de la mañana. A las tres vino una enfermera con un pequeño biberón de cristal y nos dijo que intentara ponérmela al pecho y luego le diera "la ayudita", porque el pediatra había dicho que era tan pequeña que no podía permitirse perder nada de peso. Nació con 1,980 gr y si perdía tenía que ir a la incubadora. Con el problema añadido de que, si necesitaba incubadora se la llevarían a otro hospital porque tenían neonatos cerrado por culpa de un virus.

También le pincharían en el talón cada tres horas porque si había alguna anomalía también se la llevarían. Con el miedo en el cuerpo, de pensar que me separarían de ella nada más nacer y que no podría hacer nada, la puse en el pecho y luego bibe, que se lo dio su padre. Ahí me di cuenta de la diferencia entre las clases que nos habían dado y la cruda realidad. Se suponía que toda la areola o gran parte de ella tenía que entrar en su boquita. Pero su boca era minúscula y mis pezones enormes!!!. Además, se dormía enseguida, sólo cogía la punta del pezón y me dolía horrores. Tengo que decir que cada vez que tocaba pecho venía una enfermera o comadrona y me intentaba ayudar, pero lo máximo que hacían era lo que luego he llamado "técnica velcro": te cogían el pezón, acercaban la niña y decían "así, ves?" y yo no entendía nada. Bastante me costaba sostener a ese bebé tan pequeñito con una mano, coger el pecho con la otra, acercarla...me dolían los puntos, me dolía la espalda, tenía una contractura cervical horrorosa que no me dejaba ni moverme. Yo pensaba "vale, con una mano me cojo el pecho, con la otra le abro un poco el labio para que se agarre bien, ¿y con qué mano la sujeto?". A veces pensaba que quien ideó la diosa hindú Vishnú era una madre lactante primeriza.

Fueron unos días muy complicados. Por un lado estaba contenta porque no perdió peso, al contrario. Pero por otro me sentía muy mal porque estaba fracasando como madre. No había podido concebirla de forma natural, no había podido parir y ahora no podía amamantarla. Sólo la miraba y lloraba, y decía que era un desastre de madre, era tan pequeñita... Ni siquiera pude cambiarle los pañales los primeros días porque no me atrevía ni a bajar de la cama. Nunca vi el famoso "meconio". Suerte de mi compañero, que estuvo dándome apoyo moral todo el tiempo. Pero eso no me quitaba mi sensación de fracaso.

Para la contractura, las enfermeras me trajeron una bolsa de suero que calentaron en el microondas de su sala privada. Aliviaba un montón el dolor. Lo cierto es que no tuve ninguna queja de ellas, fueron todas cariñosas y comprensivas. Es una pena lo que está pasando con la Sanidad en este país, teniendo como tenemos gente tan formada y tan profesional, además de humana.

Una de las comadronas fue especialmente atenta. Se llama Carmen y es un encanto. Fue la que después vino a visitar a P durante las semanas que estuvo con ingreso domiciliario, y aunque me dio algunos consejos erróneos sobre la lactancia (como que tenía que tomar leche de almendras para producir más), lo cierto es que me apoyó moralmente, me animó a buscar un grupo de ayuda, y la última vez que la vi estaba haciendo el curso de asesora de lactancia de FEDALMA pagándoselo de su bolsillo. Así que no puedo quejarme de ella, todo lo contrario.

El viernes por la noche, tres noches después de nacer P, le pedí a mi hermana que se quedara conmigo por la noche para que J pudiera ir a casa, cuidar a los gatos y dormir una noche por lo menos, llevaba dos en un sillón y aunque no se quejaba (no se queja nunca, el pobre) ya hacía mala cara. Como no quería que mi hermana estuviera toda la noche levantándose del sillón, decidí ponerme la niña sobre mi pecho y dormir con ella así....fue la mejor ocurrencia de mi vida!!! No sabría explicarlo, pero creo que aquella noche conecté de una forma especial con ella. La sentía respirar, sentía su calor, fue increíble! Sólo se que al día siguiente me levanté de la cama, me duché, la cambié de ropa, me llenó de energía. La próxima vez que sea madre voy a hacerlo desde la primera noche, no creo que llegue a usar la cunita demasiado. Luego supe que el contacto continuo es lo mejor tanto para madres como para bebés, sobretodo los primeros días. Y lo descubrí sola!

Así pasaron los cinco días que estuvimos en el hospital, dia y noche, cada tres horas. La niña dormía prácticamente todo el tiempo. Sólo hubo una vez en la que lloró y la enfermera comentó que había que aumentar la dosis de bibe porque seguramente se quedaba con hambre, y eso hicieron.

Y llegamos a casa. Dolorida por la cesárea, defraudada con la lactancia, derrotada, pero feliz. Era una tormenta de sensaciones y sentimientos, igual estaba en una nube de felicidad que rompía a llorar. Este fue el principio, pero lo mejor vino después...


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