lunes, 16 de septiembre de 2013

La noche más larga

Mientras estaba embarazada de M. tenía un miedo que ahora considero estúpido: miedo a no quererla tanto como quería ya a P., su hermana mayor. Al final, dejé de pensar en ello y decidí confiar en la naturaleza, en las hormonas y en mi instinto.
Pero la vida tiene sus planes, y te da las lecciones que necesitas en cada momento. Cuando M. tenía 10 días de nacida pasó un día muy malo. Sólo lloraba y sólo podía calmarla estando en mis brazos, y era extraño porque hasta entonces era una nena que sólo comía y dormía. Por la tarde yo ya estaba preocupada, así que llamé al ambulatorio de la Seguridad Social y me dieron hora para esa misma tarde.
La pediatra le puso el termómetro y vio que estaba a 37,5. Además me comentó que su instinto le decía que había algo más, me tuvo tres horas en la sala de espera para ver cómo evolucionaba y, finalmente, nos derivó a Can Ruti, a urgencias.
El protocolo, cuando un bebé es tan pequeño y tiene fiebre, es hacer una batería de pruebas (análisis de orina, de sangre, punción lumbar etc.). Así que me fui con la peque y mi suegro a Urgencias.
No se cómo explicar lo que sentí mientras me hacían salir del box y entraban médicos y enfermeras, con todo el instrumental, para hacer la punción lumbar, sacarle sangre, recoger una muestra de orina directamente de la vejiga. Me quedé en la puerta del box, aunque me habían dicho que me fuera a la sala de espera. No podía moverme, y lo único que podía hacer es llorar mientras escuchaba cómo M.lloraba dentro por todo lo que le estaban haciendo. Tenía ganas de entrar y liarme a tortas con todo el mundo. Mi cerebro sabía que lo que estaban haciendo era lo correcto, que los riesgos de una infección en un bebé tan pequeño son muy graves. Pero era algo animal, superior a mi.
Estuvieron una hora dentro. Una hora que se me hizo eterna, miraba el reloj continuamente, no pasaban los minutos. Después, a eso de las 3 o las 4 de la madrugada, nos subieron a una habitación.
M. llevaba puesta una vía y le estuvieron poniendo una combinación de antibióticos durante 4 días, mientras el laboratorio hacía los cultivos e intentaba averiguar el origen de la fiebre.
No me separé de ella más que un par de horas al día. Me duchaba en casa de los abuelos, comía algo, dormía una hora más o menos y de vuelta al hospital.
Papá tenía que cuidar de P., intentar que notara lo menos posible que yo no estaba. Aún así, estaba todas las horas posibles en el hospital, relevándome para que pudiera ir al baño, comer, o acercarme a la máquina del café para tomarme uno. Los abuelos estuvieron también al pie del cañón, cuidando de P. y viniendo al hospital.
El quinto día nos pudimos ir a casa. No supieron nunca el motivo de la fiebre, apareció algo de infección en la orina pero parecía muy leve para haberla provocado.
La lección que aprendí es que sí se quiere al segundo hijo tanto como al primero. Cuando eres madre crees que nada puede superar o siquiera igualar lo que sientes por tu hijo. Pero la magia está en que sí, que por otro hijo vuelves a sentir exactamente la misma emoción, la misma conexión y el mismo instinto. Es más, te vuelcas en el que en ese momento más te necesita, aunque eché de menos terriblemente a P. Sólo la veía un ratito cada día, y no podía dejar de abrazarla y comérmela a besos. Y ella sólo pedía su "teta". En esos días me alegré de hacer tandem, aunque está siendo muy duro (ya lo explicaré en otra entrada).
Muchas veces había leido a otras madres que decian que sus hijos eran sus maestros. Ahora entiendo perfectamente la expresión, mis hijas son mis maestras, las mejores que podría tener. Sigo aprendiendo y desaprendiendo.

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