martes, 5 de agosto de 2014

El parto de Pilar

Tenía pendiente esta entrada desde que empecé con el blog. Creía que con el tiempo sería más fácil poner por escrito lo que sucedió, pero sigue siendo duro. No obstante, no quiero seguir retrasando el relato, así que me pondré a ello.
La mayoría ya sabéis que Pilar llegó después de mucho intentar quedarme embarazada. Tuvo que ser en la tercera Fecundación In Vitro, habiendo superado tratamientos hormonales para ovular, pruebas dolorosas (la famosa histerosalpingografía que no se la deseo a mi peor enemiga, gracias Cristina por estar ahí en ese momento), y muchos, muchos test de embarazo fallidos. Cada retraso era una esperanza y una frustración, aunque el primer año no me preocupé en absoluto, a partir del año de “buscar” cada mes que pasaba era muy duro.
Lo que no sabréis la mayoría es que Pilar tenía un mellizo o melliza. Sí, me quedé embarazada de dos de los tres embriones que me transfirieron. Estábamos como locos de contentos, pudimos ver dos bolsas, dos embriones y oír los dos corazones latiendo fuerte. Nadie nos advirtió que en algunas ocasiones sucede lo que se llama “síndrome del gemelo evanescente”. Y eso es lo que ocurrió, en la semana 10-12 uno de los embriones se paró. El duelo en estos casos es muy complicado, porque se niega la existencia de un bebé. En la mayoría de ocasiones, la madre hace “de tripas corazón” y, como hice yo, hace como si no hubiera pasado nada. Pero ha pasado, y esto lo explico porque creo que influyó en cómo fueron las cosas, sobretodo en el post parto. El miedo a perder al bebé que queda (si no me di cuenta de que murió el primero, cómo sé que el otro sigue vivo?) te acompaña todo el embarazo, aunque no lo manifiestes. Y en el parto y post parto, todas las emociones retenidas, todo el miedo, todo el dolor aparece en medio del baile hormonal. Todavía hoy, cuando veo un cochecito de gemelos por la calle, siento una punzada en el pecho y el estómago se me encoge. No, no lo he superado. A pesar de todo, creo que siempre irá conmigo, por mucho que lo racionalice, por mucho que piense que técnicamente “sólo era un embrión”, pequeño, probablemente con graves problemas para salir adelante.
En fin, a lo que íbamos: el parto. Había leído mucho, muchísimo sobre los partos. Sabía que quería parto natural, pero las últimas semanas de embarazo se torcieron todas las ideas y todos los planes. En la semana 35 nos dijeron (porque el papá iba conmigo a todas las pruebas, visitas y ecografías) que la nena no crecía como tenía que crecer. No nos lo dijeron, lo supe luego, pero el motivo era que las arterias uterinas no funcionaban bien. La placenta no estaba alimentando a la niña como debía. Eso, junto con una hipertensión leve, hacía sospechar que podía acabar desarrollando preeclampsia. También se me hincharon mucho las piernas y los pies, sobretodo. Y eso que era el mes de noviembre!
De manera que me citaban dos veces por semana para hacerme una ecografía. Y finalmente, un martes, el 21 de noviembre, nos dicen que como ya estoy de 37 semanas, se puede considerar a término y si el jueves siguiente no me he puesto de parto me lo inducirán. Que era más peligroso seguir adelante con el embarazo que provocar el parto. Como yo me encontraba bien, y soy optimista patológica (no sé si ya lo había explicado, siempre creo que todo va a salir bien), salí de la visita la mar de contenta. Recuerdo que comenté “al final no llegará a Navidad!” refiriéndome a que no se iba a retrasar el parto, a lo que el papá comentó “mientras llegue….”. Fue el único comentario pesimista que le oí en todo el embarazo, pero yo respondí rápidamente “qué cosas tienes, cómo no va a llegar!! Si no pasa nada, es perfecta, sólo que pequeña como yo”. Y no volví a pensar en ello. Hasta el momento del parto, en el que recordé la frase.
El resto del día lo pasé la mar de contenta, revisando por enésima vez las cosas y planificando el día siguiente, aún tenía un día por delante para prepararme, iría a depilarme, a pasear, llamaría a mi hermana para explicarlo todo…
El miércoles me desperté muy temprano porque tenía que ir al baño. De hecho, estaba soñando que me hacía pis. Eran las 6 de la mañana, me levanté y fui al lavabo. Cuando llegué, no pude ni levantar la tapa del  wc, vi como corría el agua entre mis piernas, un líquido claro pero con cosas verdosas-marrones mezcladas. Dije bajito “creo que he roto aguas” y enseguida oí la voz de J. (que yo pensaba que estaba dormido) diciendo “netes o brutes?” (limpias o sucias?) y yo dije: sucias….
Como nos habían insistido en que si eran sucias, lo mejor era ir pronto al hospital, sólo dije: bueno, pero me da tiempo a ducharme y depilarme, no?. Pero no, no me dejaron… nos fuimos inmediatamente. No cogimos ni la maleta, para el hospital. Estábamos contentos, cogí una toalla para no manchar el asiento del coche e íbamos bromeando, porque la niña no había consentido que la “echaran” al día siguiente, ella se iba antes porque le daba la gana. Yo me encontraba emocionada y contentísima, por fin!!!. Acordamos no avisar a nadie hasta que la cosa estuviera adelantada.
Llegamos al hospital, aparcamos en el parking y recuerdo que, al volver a caminar los pocos metros que había desde el parking a la entrada, seguía saliendo agua y nosotros íbamos muertos de risa, entre los nervios y la sensación de ir empapada…
Cuando entramos nos pasaron enseguida a una habitación, pequeña pero cómoda. Había una pelota y me puse el camisón horroroso de hospital. Que por cierto, ya sé que la Sanidad no está para gastos inútiles, pero de verdad no pueden darnos un camisón mejor? Cuando estuve cambiada, me pasaron a otra sala con una mesa con estribos, una doctora me miró y me dijo que no estaba de parto, pero que al romper aguas sucias, y como ya estaba previsto inducirme el parto, me pondrían prostaglandinas. Y me metió “algo”. Vuelta a nuestra habitación de dilatación. Yo me encontraba muy bien, no notaba nada de nada, así que le dije a J. que fuese a casa, aparcara el coche, y trajera la maleta que teníamos preparada. Ah! Y que me comprara un libro, porque la cosa me decían que iba para largo. Un libro que no leí hasta que Pilar tuvo un año, por cierto…
Estaba muerta de hambre, así que pedí por favor que me dieran de comer. No estaban muy convencidas, pero me trajeron unas tostadas de pan minúsculas y un zumo que devoré. Por suerte, yo que había leído sobre el tema, había metido en la maleta unas barritas energéticas y cuando me la trajeron me metí en el baño y me las comí, me supieron a gloria!!!
Las primeras seis horas las pasé en una camilla, con los monitores conectados y sin contracciones que yo notara. Pedí monitores inalámbricos, pero por lo visto no funcionaban, así que no me dejaron moverme. Aburrimiento total, no recuerdo si me dormí un rato, incluso.
Pasadas las primeras seis horas, volvieron a verme y me llevaron de nuevo a la camilla con los estribos, y volvieron a meterme “algo” que dijeron que aceleraría la cosa. Lo cierto es que no recuerdo si también me pusieron en ese momento gotero o no. Y aquí empezó mi infierno. Las contracciones esta vez sí que fueron fuertes, muy fuertes. No podía ni respirar, no sabía cómo ponerme en la camilla. Boca arriba me ahogaba, de lado se desconectaban los monitores y venían las comadronas asustadas a volver a colocarlos. Así estuve varias horas, desde las 12 del mediodía hasta las 4 o las 5 de la tarde. En ese tiempo pasaron varios médicos, o comadronas, o no sé yo cuánta gente a verme. Dos veces me hicieron la prueba del Ph (que me dolió horrores), pinchando la cabeza del bebé para ver si había sufrimiento fetal. Y yo pedía por favor la epidural, y me decían que aún no podía ser, porque no estaba lo suficientemente dilatada.
Mi pobre pareja no sabía qué hacer. En varias ocasiones recuerdo que intentó decirme algo, o tocarme, pero yo sólo podía estar en posición fetal y morderme la lengua para no gritar. Que soy muy pudorosa y no sé cómo pueden gritar otras mujeres de parto, las admiro! Otra de las cosas que hice mal, pero  no pude desconectar del dolor en ningún momento.
Por fin me dijeron que me pondrían la epidural…bien!!! El anestesista vino y me sentaron en la camilla. Recuerdo que me decía que le avisara entre contracción y contracción, y yo no podía avisar de nada, porque para mí no había descanso, todas las contracciones eran seguidas, no tenía respiro!. Cuando, por fin, empecé a notar el efecto y a relajarme, me estiré y me recolocaron los monitores. Nos dejaron solos, pero fue muy poco tiempo. Enseguida entraron en la habitación varias comadronas, o enfermeras, la verdad es que eran tres o cuatro, vinieron a mirarme y llamaron a la ginecóloga. Cuando entró me dijo “nos vamos a cesárea de urgencia, rápido”. Hicieron salir a J. de la habitación, volvió el anestesista, y de esos segundos solo recuerdo que me llevaban corriendo (literalmente) y que dos enfermeras que tenía delante de mí  iban con un doppler buscando las pulsaciones del corazón de P., se miraban entre ellas y decían que no con la cabeza. En ese momento se paró el tiempo. Empecé a pensar “ya está, se acabó, mi niña se ha ido, tengo que despedirme de ella. Pero qué hago? Cómo me despido de ella? Qué tengo que hacer?”. No podía pensar nada más.
De pronto me vi en el quirófano, la luz inmensa sobre mí, un trapo que tapaba todo lo que iban a hacer, y sólo veía al anestesista. Un hombre joven, con acento argentino creo, que iba diciendo cosas para distraerme, pero al que casi no oía. Para quien no haya pasado por una cesárea o una operación con epidural: se nota todo lo que hacen, todo! Es muy desagradable, notaba cómo me “toqueteaban”, noté unas manos dentro de mí. Pero yo sólo podía despedirme de mi niña. Estoy escribiendo esto y sigo llorando. De pronto noté que seguían haciendo “cosas”, pero que ya no me presionaban la barriga. Entonces me giré al anestesista y le dije: “Y la niña? Está…..en la UCI?” porque realmente quería decir “muerta” pero no me salió la palabra.
Y entonces me dijo “no, mujer, porqué iba a estar en la UCI?, se la han llevado al papá”. Buf….
No sé si fue entonces cuando empecé a temblar, o fue antes. No sé si temblaba por efecto de la anestesia, o por los nervios. La ginecóloga me dijo, cuando salí del quirófano “vaya susto nos hemos llevado, tiemblas por el shock”.
Me llevaron a una habitación sola, tres horas, con el dedo conectado a un aparato que hacía “bip…bip…bip”. Me dijeron que tenía que estar allí en observación.
Ahora sé que debían haberme enseñado a mi hija, que tenían que haberla puesto sobre mí, que podía haberle dado el pecho. Que las cesáreas, aunque sean urgentes, pueden ser respetadas. Disculpo a los médicos porque realmente creo que se asustaron, el informe médico dice que hubo bradicardia fetal. También me dijo la ginecóloga que la niña no había pesado lo que esperaban, que eran 2,200, sino menos, 1,980 gr. y que de haberlo sabido no me hubieran dejado parir allí, porque tenían la sala de neonatos cerrada por un virus y si la nena necesitaba incubadora se la llevarían al Hospital de la Vall d’Hebron. Pero que, de momento, estaba muy bien, había salido llorando muy fuerte (aunque yo juro que no oí nada, y estaba con los sentidos alerta) y que si pasaba la primera noche sin problemas no necesitaría incubadora.
A eso de la una de la mañana me subieron por fin a la habitación. Y allí estaban los dos, el papá con un paquetito muy bien envuelto, con su gorrito de gasa, la crema en los ojos. Era tan, tan pequeña! Yo había visto recién nacidos, pero nunca tan pequeñitos como Pilar. Con los ojos muy abiertos, negros, mirando fijamente todo. Sigue teniendo esa mirada tan profunda, que seguro que romperá  muchos corazones. Y así estuvimos toda la noche, mirando ese pequeño milagro, tan perfecta. Todo nos hacía ilusión, si estornudaba, si parpadeaba, cuando se durmió. Era imposible dejar de mirarla, no me atreví ni a destaparla para verla mejor hasta el día siguiente.

Mentiría si dijera eso tan común de “me enamoré de mi bebé en cuanto lo vi” o “se me olvidó todo cuando la tuve en brazos”. Supongo que esas sensaciones son producto de las hormonas normales de un parto normal. Nosotras no tuvimos ese inicio, nos robaron nuestro momento. Pero la lactancia, que conseguí mucho más tarde de lo que hubiera querido, y la oxitocina nos ayudaron a establecer el vínculo. Por eso fue y es para mí tan importante la lactancia, fue muy duro poder dar el pecho en exclusiva, pero es una de las experiencias más bonita de mi vida, y la he compartido con Pilar 31 meses, nada menos.

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